La noche había reclamado por completo las ruinas de la Villa Ambrosetti.
Donde antes existían jardines perfectamente cuidados, senderos iluminados y muros que parecían imposibles de derribar, ahora solo quedaba destrucción.
Montañas de concreto.
Hierros retorcidos.
Cristales pulverizados.
Columnas convertidas en esqueletos deformes.
El aire todavía olía a humo.
A polvo.
A tragedia.
El silencio era extraño.
Inquietante.
Como si la propia oscuridad estuviera observando los restos de aquella enorm