El tiempo había pasado demasiado rápido.
Diana no sabía en qué momento la calma se había convertido en despedida.
Pero lo sentía.
En el silencio.
En la forma en que Jeremy no dejaba de abrazarla.
En ese leve peso en el pecho. Que anunciaba lo inevitable. Tenían que separarse. Y ninguno quería hacerlo.
Diana permanecía recostada contra él, con los ojos cerrados, como si de esa manera pudiera detener el tiempo, como si aferrarse a ese instante fuera suficiente para que no terminara.
Jeremy no se