Vanesa permanecía inmóvil junto a la cama, con el teléfono todavía escondido entre los pliegues de la bata de seda que llevaba puesta. Su respiración era irregular y las yemas de sus dedos seguían temblando después de haber borrado la conversación con aquel hombre que conocía el secreto capaz de destruirlo todo. Apenas unos segundos antes había estado convencida de que Sebastian descubriría el contenido de aquellos mensajes, pero el destino, por esta vez, parecía haber decidido ponerse de su la