El reloj marcaba poco después de las cuatro de la tarde cuando Elena salió del edificio donde había pasado gran parte del día. El encuentro con Richard Collins había terminado mejor de lo que esperaba y, por primera vez en muchísimo tiempo, regresaba a casa con una sensación distinta al dolor. No era felicidad completa, todavía no podía llamarla así, pero sí una pequeña chispa de esperanza que comenzaba a abrirse paso entre todas las heridas que llevaba acumuladas durante los últimos siete años