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La arrogancia de Austin no tiene fin

El despertador sonó antes de que el sol lograra disipar la niebla matutina de Sídney. 

Harper se levantó con los ojos pesados, sintiendo el rigor de haber pasado la madrugada entera pegada a la pantalla de su computadora. 

Su esfuerzo no era en vano; bajo las órdenes de Hugo continuaba trabajando, él la había llamado para recalcar eso que tenían planeado hace mucho, pero hasta ahora lo habían conseguido, con una urgencia que le erizó la piel.

Se trataba de la importancia de la reunión que tendrían esa misma mañana. Había datos financieros y cláusulas ocultas que no podían dejar pasar bajo ninguna circunstancia si querían proteger el futuro de la compañía.

Harper lavó su cuerpo y se preparó para una larga jornada de trabajo, sin importar la forma en que Austin la trataba, su prioridad era soportarlo para salvar la vida de su hermana. 

Adicional, Hugo confiaba en su agudeza, y ella no pensaba fallar. Al llegar a la planta principal de la casa con las carpetas listas bajo el brazo para poner al tanto a Austin notó su ausencia.

Harper se acercó a la habitación principal, pero él ya no estaba, al llegar a la entrada le preguntó al hombre de seguridad y él le respondió que Austin ya se había marchado a la empresa hacía más de media hora. 

Una punzada de molestia e indignación le recorrió el pecho.

Sin perder un segundo, Harper subió al auto y le ordenó al chofer que acelerara. Necesitaba interceptar a su prometido antes de que su monumental ego lo hiciera cometer un error irreparable frente a la junta.

Al llegar al piso de presidencia, Harper caminó con paso firme, ignorando los saludos del personal, en el interior de aquellas carpetas sostenía el futuro de la empresa. 

Harper empujó la pesada puerta de la presidencia sin llamar, para su sorpresa y creciente fastidio Austin estaba completamente relajado, reclinado en su silla con los pies sobre el escritorio.

Él hablaba por teléfono con una sonrisa brillante y un tono de voz cargado de una coquetería barata que a Harper le revolvió el estómago.

Al notar la irrupción de Harper, la sonrisa de Austin se transformó instantáneamente en una mueca de fastidio.

—Te llamo luego nena —murmuró al teléfono antes de colgar de golpe y clavarle una mirada fulminante a su esposa.

Harper no se intimidó... Avanzó hasta el escritorio y soltó las pesadas carpetas sobre el escritorio con un golpe seco que resonó en toda la habitación. 

Luego se cruzó de brazos sosteniéndole la mirada con una autoridad implacable, como si fuera ella quien tenía el control.

—Austin, en tus manos hay una gran responsabilidad, no tomes todo a la ligera, repasa esta información ahora mismo por el bien de la empresa —sentenció ella con la voz firme.

»El contenido de estas carpetas es crucial para la reunión de hoy, hay detalles sobre los aranceles de importación que tu abuelo me recalcó personalmente; si no los manejas a la perfección, te van a arrinconar y posiblemente... perdamos un negocio importante.

Austin bajó los pies del escritorio lentamente y dejó escapar una carcajada cargada de burla y condescendencia.

—¿De verdad crees que voy a perder mi tiempo leyendo tus apuntes de una simple secretaria? —escupió él mirándola de arriba abajo con desprecio—. ¿Cómo que tienes el ego muy crecido? 

»No necesito que una asistente me diga que debo decir o como debo comportarme frente a hombres que están a mi misma altura económica. 

»Sé perfectamente como manejar mis negocios, así que guarda tu complejo de heroína para alguien a quien le importe —Harper resopló con fuerza sintiéndose indignada ante el comportamiento de Austin.

—Esto no es un juego de egos, Austin, es la gravedad del asunto lo que no estás entendiendo —insistió Harper.

Ella dió un paso al frente intentando con todas sus fuerzas hacerlo entrar en razón, pero claramente él tenía otros asuntos en su cabeza.

—Austin, si ignoras estas cláusulas, la competencia sabrá que no revisaste los anexos y la empresa perderá millones en el próximo trimestre. Ten un poco de sensatez por una vez en tu vida.

Austin se puso de pie, se abotonó la chaqueta del esmoquin con una tranquilidad insultante. Se acercó a ella lo suficiente para que Harper pudiera percibir su loción, pero solo le dedicó una última mirada de superioridad.

—La única que no entiende su lugar aquí eres tú —dijo él ignorando por completo con una última sonrisa burlona.

»Quédate aquí y asegúrate de que mi café esté caliente cuando regrese, el resto, déjaselo a los profesionales —Harper cerró los puños con fuerza sintiendo como sus nudillos querían explotar.

Sin darle la oportunidad de replicar, Austin pasó por su lado, golpeando sutilmente su hombro con el de ella al salir de la oficina. 

Harper se quedó de pie en medio de la opulenta oficina, las uñas se le clavaban en las palmas sintiéndose lo más pequeña ante la necesidad de Austin por aplastarla.

La frustración la quemaba por dentro. Austin hacía que trabajar a su lado fuera una tarea imposible, menospreciando cada hora de su esfuerzo, simplemente para demostrar un poder absurdo.

Austin llegó hasta su casa y se encerró en su despacho, repasando sus propios documentos, el simple hecho de que su abuelo no confiara en él y tuviera que pasar por encima suyo para confiar en ella un trabajo tan importante, lo estresaba. Él estaba convencido de que la única forma de que eso no sucediera más, era mostrarle a su abuelo que él era el mismo de hace años en los negocios.

Mientras terminaba de organizar los últimos documentos, con la luz de la oficina brillando en sus lentes, Harper miró la alianza de bodas en su mano. 

El odio hacia Austin se había vuelto frío y calculador, él creía que la estaba hundiendo, pero lo único que estaba logrando era demostrarle a Harper que sin ella su trono no tardaría en desmoronarse.

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