La mansión Bach siempre había sido comparada con un castillo. Su magnificencia se extendía a lo largo de hectáreas, con altos muros que parecían no tener fin, y que decir de las torres que parecían alcanzar el cielo, con sus jardines que bien podían rivalizar con los del palacio de Versalles, y por dentro, la riqueza cubría los amplios corredores y en sus habitaciones resonaban las risas y conversaciones de una familia numerosa, unida y feliz. O al menos así era, porque esos días se habían desv