Las manitas, en silencio, con sus gestos delicados y su devoción palpable, se aproximaron a Mia, cuyo cuerpo hablaba más que mil palabras. Con movimientos suaves y respetuosos, comenzaron el ritual de lavar su cuerpo, preparándolo para la boda, sintiendo en cada caricia la profundidad de las cicatrices que marcaban la piel de la mujer y tratando de adivinar el pasado de esta.
Sus manos, entrenadas en el arte del cuidado, se deslizaron sobre las heridas que el tiempo había dejado. Cada una de el