La casa permanecía en silencio, como si incluso las paredes comprendieran que algo irrepetible estaba ocurriendo en su interior. Afuera, el viento suave de Jeju rozaba los árboles con un murmullo tenue, casi respetuoso, mientras dentro de aquella sala sencilla el tiempo parecía haberse detenido alrededor de dos figuras que, sin haber compartido una vida, se encontraban como si siempre hubieran pertenecido el uno al otro.
Alexander Lacrontte seguía arrodillado frente a Amelia.
Sus brazos aún r