El pasillo del hospital estaba envuelto en un silencio pesado, interrumpido únicamente por el eco lejano de pasos apresurados y el sonido intermitente de monitores que marcaban ritmos invisibles para quienes esperaban afuera. La nana permanecía de pie, con las manos entrelazadas con tanta fuerza que sus nudillos se habían tornado blancos, sus ojos estaban fijos en la puerta cerrada detrás de la cual se encontraba Abigail, y cada segundo que pasaba parecía desgarrarle un poco más el pecho, como