La puerta aún oscilaba levemente detrás de él. El aire en la oficina de Helen era denso, pesado, como si cada partícula estuviera cargada de algo que ninguno de los dos estaba dispuesto a nombrar. Alexander no se movió de inmediato.
Sus ojos azules estaban fijos en ella observándola, analizándola y lo primero que notó fue lo evidente.
—¿Qué te pasa? —preguntó finalmente, con voz baja pero firme—. Estás pálida. ¿Estás enferma?
Helen no respondió de inmediato. Su espalda estaba recta, sus manos a