El silencio entre ellas no era incómodo. Era extraño. Denso. Como si el destino contuviera la respiración. La niña más pequeña inclinó la cabeza.
—Hola — Su dulce voz era como un bálsamo.
Helen tardó un segundo en reaccionar.
—Hola… —respondió finalmente, con una suavidad que ella misma no reconoció en su voz.
La otra niña se giró completamente en el banquillo del piano. Sus ojos eran intensos. Demasiado intensos para una niña.
—¿Nos estabas escuchando?
Helen asintió.
—Sí. Tocan muy bien.
Las