El parque amaneció cubierto de luz dorada.
Los cerezos estaban en plena floración y los pétalos rosados descendían lentamente como si el cielo hubiese decidido nevar suavemente sobre la primavera. El aire era fresco, pero no frío; tenía esa tibieza delicada que anuncia un día perfecto.
Amalia fue la primera en sentarse sobre la manta que María había extendido bajo el árbol más grande.
—Hoy el viento suena diferente —dijo, inclinando el rostro hacia las ramas.
Abigail acomodó una caja peq