Treinta y uno

Eduardo

No logró dormir.

El rostro de Vivian, duro, la mirada de desprecio, el recuerdo del golpe ardiendo en su piel y el sabor metálico de su propia sangre eran como brasas quemando en su mente. No era solo el hecho de haber sido rechazado —eso, por sí solo, ya habría sido inédito. Lo que lo devastaba era quién lo había rechazado. Vivian.

Se giraba de un lado a otro en la cama, la almohada arrugada bajo la cabeza, pero el sueño insistía en no llegar. Cada vez que cerraba los ojos, la mirada d
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