Eduardo
Aún no había logrado recuperar el aliento desde que había abandonado la reunión de forma abrupta. Las frías paredes del despacho lo rodeaban cuando la puerta se abrió de golpe.
—¿Qué fue eso? —la voz grave resonó, haciendo que Eduardo se tensara en la silla.
Su abuelo entró, imponente, cada paso marcado por la seguridad de quien había construido un imperio con sus propias manos. Su cabello blanco no disminuía su presencia intimidante; al contrario.
—¿Abandonar una reunión de esa manera?