Gabriel
El teléfono vibra en mi bolsillo justo cuando estoy firmando los últimos documentos de la reunión. No debería responderlo; odio las interrupciones, y todo el mundo lo sabe. Pero una mirada fugaz a la pantalla hace que se me hiele la sangre.
¿Pero qué demonios?
Hospital Central de Firenze — Emergencias.
La voz de la recepcionista suena temblorosa cuando respondo:
—¿Señor Moretti?
—Sí —digo, y mi propia voz ya no me pertenece—. ¿Qué ocurrió?
—Su esposa… la señora Isabela Moretti… ha sido ingresada. Un incidente en la vía pública. Está estable, pero…
El resto de la frase desaparece bajo un rugido ensordecedor en mis oídos.
Mi silla cae hacia atrás cuando me levanto de golpe.
No recuerdo salir de la sala de juntas. No recuerdo a los directivos llamando mi nombre. No recuerdo nada, salvo una oleada fría, brutal, que me atraviesa.
Isabela.
Accidente.
Hospital.
Camino tan rápido que casi corro. Los guardias apenas alcanzan a seguirme.
—Traigan el auto. Ahora —ordeno, sin mirar a nadie