Adrián
Entro a la mansión con la mandíbula apretada y los puños cerrados, como si el simple acto de cruzar la puerta pudiera sacarme de la cabeza su rostro.
Isabela.
Su mirada en el parque.
Su voz cuando dijo que estaba “menos infeliz”.
La forma en que no negó… pero tampoco afirmó.
Lanzo las llaves sobre la mesa de la entrada con más fuerza de la necesaria. El sonido metálico resuena en el mármol, seco, irritante. Camino sin rumbo fijo, subo las escaleras, bajo dos peldaños, vuelvo a subir.
Ma