Gabriel
La puerta de la mansión se cierra detrás de nosotros con un golpe seco.
Y entonces lo veo.
Fabrizio Santorini está de pie en la sala, apoyado con descaro en el respaldo del sofá como si ese espacio le perteneciera. Traje impecable, sonrisa ladeada, la mirada afilada de quien cree que siempre llega un paso adelante.
Mi cuerpo reacciona antes que mi mente.
Doy un paso al frente, colocándome instintivamente delante de Isabela, como si pudiera borrarla del mundo con solo interponerme.
—¿Qué demonios haces aquí? —pregunto, con una voz que no reconozco del todo.
Fabrizio ladea la cabeza, divertido.
—Vaya recibimiento —dice—. ¿Así saludas ahora a tu suegro?
Siento cómo Isabela se tensa detrás de mí. No necesito mirarla para saberlo.
—No eres bienvenido en esta casa —respondo—. Y menos sin avisar.
Él sonríe más.
—¿Desde cuándo un padre necesita permiso para ver a su hija?
Mi mandíbula se tensa.
—Desde que deja de comportarse como uno.
Sus ojos se clavan en mí, duros.
—Ten cuidado, Mo