Isa
Salimos a almorzar.
El restaurante no es ostentoso, pero sí elegante. Madera oscura, ventanales amplios, manteles blancos impecables. Un lugar que grita Moretti sin necesidad de decirlo en voz alta.
Gabriel camina delante de mí, seguro, dueño de cada paso. Luca va a su lado, relajado, como si no estuviera almorzando con uno de los hombres más poderosos del país y su esposa.
Yo.
Todavía me resulta extraño pensarlo así.
—¿Siempre vienes aquí? —pregunto mientras nos acomodamos.
—Cuando necesit