Isa
Salimos a almorzar.
El restaurante no es ostentoso, pero sí elegante. Madera oscura, ventanales amplios, manteles blancos impecables. Un lugar que grita Moretti sin necesidad de decirlo en voz alta.
Gabriel camina delante de mí, seguro, dueño de cada paso. Luca va a su lado, relajado, como si no estuviera almorzando con uno de los hombres más poderosos del país y su esposa.
Yo.
Todavía me resulta extraño pensarlo así.
—¿Siempre vienes aquí? —pregunto mientras nos acomodamos.
—Cuando necesito comer sin que alguien intente pedirme algo —responde Gabriel, quitándose la chaqueta.
—O cuando necesita fingir que tiene una vida normal —añade Luca con una sonrisa.
Gabriel le lanza una mirada asesina.
—Sigue hablando y te vas caminando.
Luca ríe.
—¿Ves? Esto es lo que digo, Isa. Por eso todo el mundo le tiene miedo, no solo los que trabajan para él.
Por alguna razón sus palabras me generan molestia y me encuentro diciendo:
—Yo no le tengo miedo —respondo sin pensar.
Ambos me miran.
Gabriel