Gabriel
La puerta de la habitación se cierra detrás de mí con un clic suave, pero por dentro todo sigue rugiendo.
Aún siento el sabor del beso en la boca. El temblor de ella entre mis manos. La forma en que me suplicó que no fuera.
Y yo… yo accedí.
Accedí porque verla así, rota, con el rostro marcado por la mano de su propio padre, me hizo algo que no quiero analizar todavía. Algo que no puedo clasificar dentro de ningún plan.
Pero aceptar no significa obedecer.
Aceptar no significa quedarme quieto.
Bajo las escaleras despacio, respirando por la nariz, intentando que el impulso asesino que tengo debajo de la piel no me haga romper algo por el camino.
Cuando llego al vestíbulo, saco el teléfono y marco el número de Luca. No tarda ni dos segundos en responder.
—¿Puedo saber dónde demonios estás? —dice sin preámbulos—. Voy a ti oficina y me dicen que te fuiste corriendo. ¿Qué pasó?
Aprieto la mandíbula.
— Hubo un problema con Isa.
— No me digas que Adrián está cosiendo otra vez.
Ojalá f