Sech y su escolta maltrecha lograron refugiarse en una cueva oculta, custodiada por los riscos helados, a varias horas de distancia del desfiladero. La noche era oscura y fría, pero dentro de la caverna, encendieron un fuego pequeño y bien camuflado.
El Rey Alfa yacía sobre un lecho de pieles, pálido y sudoroso. La herida de la flecha en su hombro era profunda, y aunque Isis había sellado la hemorragia, la toxina y el dolor lo debilitaban.
Isis se inclinó sobre él, con el rostro serio. Kael y l