—Para mí sí —dijo Sebastián—. Para ella… lo que quiera.
—Clásica está bien —respondí, todavía procesando la escena—. Y agua, por favor.
Rafa se fue silbando hacia la cocina. Nos sentamos en una mesa junto a la ventana. El plástico de la silla crujió bajo mi peso. Sebastián se recostó un poco, relaja