La llamada con los inversionistas empezó a las doce en punto, como un reloj suizo. Sebastián cerró la puerta de su despacho con ese clic suave que siempre hacía cuando quería concentrarse, y yo me quedé fuera, sentada en mi escritorio, fingiendo que revisaba correos mientras el tiempo se arrastraba como melaza.
No podía concentrarme en nada. Cada vez que miraba el reloj, los minutos parecían burlarse de mí. 12:03. 12:07. 12:14. Imaginaba a Sebastián dentro, con la cámara encendida, la voz firm