Cuando terminó la canción, Sebastián no me soltó de inmediato. Mantuvo su mano en la parte baja de mi espalda, firme, como si quisiera recordarle a todo el mundo, y quizás también a sí mismo, que ahí seguía yo. Que no me había movido ni un centímetro.
—¿Quieres seguir bailando o prefieres aire fresco? —preguntó en voz baja.
—Aire fresco suena bien —contesté sin pensarlo dos veces.
No era solo por el calor del salón ni por los perfumes caros que flotaban en el ambiente. Era porque sentía los ojo