El curso pasó en un borrón de carboncillo y sombras mal definidas. La profe corrigió mi dibujo dos veces, dijo que estaba “distraída pero con potencial”, y yo asentí como si me importara de verdad. Dibujé un jarrón torcido que parecía a punto de caerse, y cada vez que borraba una línea me preguntaba si Sebastián habría vuelto ya a la oficina, si habría visto que me fui sin despedirme, si le importaba siquiera. A las ocho en punto guardé los lápices, me limpié las manos con un trapo que olía a t