Desperté porque el peso de Sebastián se movió de golpe. Un gemido bajo salió de su garganta cuando se dio cuenta de dónde estaba: todavía encima de mí, dentro de mí, con los brazos envolviéndome como si temiera que me escapara mientras dormía. Parpadeó confuso un segundo, la cara enterrada en mi nuca, y luego soltó una risa ronca, somnolienta.
—Joder… me quedé frito así —murmuró, la voz pastosa—. ¿Cuánto tiempo?
Miré el reloj digital en la mesita. Las luces rojas marcaban las 18:47.
—Como cuare