Nos quedamos abrazados en medio de la habitación, el tiempo detenido entre el edredón rosa y los pósters descoloridos. El cansancio nos pesaba en los huesos, pero también había algo más: una urgencia callada, de esas que nacen cuando has estado demasiado cerca del borde y de pronto te das cuenta de que el otro sigue ahí.
Sebastián se apartó un poco, me miró con los ojos entrecerrados por el agotamiento.
—Necesito un baño —dijo, voz ronca—. Huelo a aeropuerto y a desesperación.
Solté una risa pe