La noche en el Salón Miramar se desplegó como un sueño lento y brillante. Después de las fotos con la prensa y el abrazo de Elena en la entrada, Sebastián me guio por el salón con una mano firme en la parte baja de mi espalda. El vestido de seda susurraba con cada paso, captando reflejos dorados de las lámparas de araña.
Primero nos acercamos a Artur. El abuelo estaba de pie junto a una columna, con su bastón de ébano y esa postura recta que parecía desafiar los años. Cuando nos vio, sus ojos s