El eco del bastón de Artur se perdió en el pasillo, pero el silencio que quedó en el open space era tan denso que se podía cortar con un cuchillo. Las miradas seguían clavadas en mí, en la puerta de cristal de Sebastián, en el vacío que había dejado el patriarca. Nadie se atrevía a toser, ni a mover el ratón.
Sebastián me miró.
—¿Estás bien? —preguntó en voz baja, solo para mí.
Asentí. El corazón todavía me latía desbocado, pero logré mantener la voz firme.
—Sí.
Él respiró hondo, se enderezó y