Tomé aire por la nariz, despacio, intentando que el gesto no se notara. Su mano cubría la mía sobre la mesa de madera oscura, cálida, pesada de una forma que no tenía nada que ver con la temperatura. Era el peso de lo que significaba ese contacto ahora: público, intencional, necesario para la fachada que habíamos construido con tinta y firmas hacía apenas unas semanas.
No retiré la mano. No podía. No cuando cualquier persona en la sala, podía convertirse en el primer testigo involuntario de un