La luz del sol se filtraba por las rendijas de las persianas cuando abrí los ojos. El reloj marcaba las 6:00. El cuerpo de Sebastián seguía pegado al mío por detrás, su brazo rodeándome la cintura con una posesión tranquila, como si incluso dormido no quisiera soltarme. Su respiración era profunda y regular contra mi nuca, cálida, constante. Por un segundo me permití quedarme quieta, sintiendo el peso reconfortante de su pecho contra mi espalda, el calor que emanaba de él.
Entonces se movió.
No