Mundo ficciónIniciar sesiónEl domingo amaneció con una luz perezosa filtrándose por las cortinas de mi apartamento. Sara había salido temprano a un brunch. Me había despertado tarde para mis estándares, las 9:30 a.m., y me preparé un café fuerte, negro. Me senté en el sofá con la tableta en la mano, intentando dibujar algo neutral: un paisaje urbano, edificios altos como Blackwood Tech, luces borrosas en la distancia. Pero cada línea me recordaba el beso en el juzgado. Ese beso que no había sido solo para los testigos. Lo borré todo y apagué la tableta, frustrada conmigo misma.
El teléfono vibró sobre la mesa de centro. Lo tomé, esperando un mensaje de mi madre o Sara. Pero era él. Sebastián Blackwood. El nombre en la pantalla me hizo contener la aliento.
Sebastián Blackwood: Cambio de planes. El miércoles conocerás a toda mi familia y algunos amigos cercanos en una cena formal. Es el momento de presentarte públicamente. Tendrás que mudarte al penthouse antes de lo esperado para que sea creíble. Alista tus cosas esenciales. El miércoles en la tarde, mi chofer pasará por ellas. No traigas demasiado; el armario ya está preparado con lo necesario. Confirma recibido.
El mensaje era seco, ordenado, como un correo de trabajo. Ni un "buenos días", ni un "cómo estás". Solo instrucciones. Mi pulso se aceleró. La convivencia que había sido un "pronto" ahora era inminente. Tres días. Solo tres días para empacar mi vida y mudarme a su mundo frío de mármol y vistas panorámicas. Tragué saliva y respondí rápido, antes de que el pánico me paralizara.
Yo: Recibido. Estaré lista.
Me levanté y caminé por el apartamento, abriendo cajones y armarios. ¿Qué era "esencial"? Mi tableta gráfica, algunos libros de ilustración que había comprado en rebajas, ropa cómoda que no encajaría en su armario de diseñador, fotos de mi familia en marcos baratos. Pensé en mi padre, en cómo le diría que me mudaba "por trabajo". En mi madre, que me preguntaría por qué tan repentino. No tenía respuestas listas. Solo mentiras a medias.
El resto del domingo lo pasé empacando. Dos maletas medianas: una con ropa y zapatos, la otra con mis cosas personales. Parecían demasiado pequeñas para una vida entera.
El lunes llegó como si nada hubiera cambiado. Llegué a la oficina a las 6:45 a.m., como siempre. Preparé su café negro sin azúcar, revisé la agenda, encendí mi ordenador y prioricé correos. Todo mecánico, todo normal.
Sebastián entró a las 7:00 en punto. Pasó por mi escritorio sin mirarme, solo un gesto seco con la cabeza. Lo seguí con la vista hasta que cerró la puerta de su oficina con un clic firme.
El día transcurrió en una rutina familiar. Él estuvo gruñón, más de lo habitual, pero eso era normal en él. Llamadas cortantes con el equipo "Esto no es aceptable, rehaganlo para las 15:00", correos devueltos con correcciones en rojo, un suspiro impaciente cuando le entregué el informe preliminar y encontró un error mínimo en las proyecciones. "Collins, ¿revisaste esto dos veces como te pedí?" Su voz era afilada, pero sin malicia. Solo exigencia. Lo conocía bien: los lunes siempre eran así, como si el fin de semana le recordara que el mundo no se movía a su ritmo. No mencionó la cena, ni la boda, ni la mudanza, ni el beso. Nada. Como si el sábado no hubiera existido.
Yo mantuve la fachada: respondí "Sí, señor Blackwood" a cada orden, actualicé slides sin quejarme, coordiné con Legal para la revisión de contratos. Por dentro, mi mente giraba: ¿cómo sería la cena? ¿Su familia me miraría como a una intrusa? ¿Tendría que fingir amor delante de ellos? Salí a las 20:30, exhausta. En casa, revisé las maletas una vez más. Agregué un cuaderno de bocetos vacío. Quizás en el penthouse tendría tiempo para dibujar.
El martes fue una copia del lunes, Sebastián entró puntual, gruñón de nuevo. Nada fuera de lo común.
Yo seguí el ritmo e intenté distraerme, pero todo se me mezclaba en la cabeza; la mudanza. La cena. La presentación a su familia. ¿Qué diría? ¿"Encantada de conocerlos, soy la esposa falsa de su hijo/nieto/primo"? Me fui a casa a las 19:45, cené un sándwich rápido y me acosté temprano. El sueño no llegó fácil; soñé con ojos grises y besos que no eran para practicar.
El miércoles amaneció con una lluvia fina que empañaba las ventanas de la oficina.
A las 14:00, mi teléfono interno sonó. Era él.
—Collins, a mi oficina. Ahora.
Cerré mi estación, tomé la carpeta con las notas pendientes y caminé hasta su puerta. Golpeé una vez.
—Pasa.
Entré y estaba de pie junto al ventanal, mirando la ciudad bajo la lluvia. No se giró de inmediato.
Dejé la carpeta en el escritorio.
—Aquí están las actualizaciones de la fusión. Legal aprobó la cláusula 12, y las proyecciones…
—Deja eso.
Su voz cortó el aire. Se giró, ojos grises fijos en mí. Intensos.
—No es por trabajo.
Tragué saliva.
—¿Entonces?
—Saldremos en una hora. Necesitas un vestido para la cena de esta noche. Algo apropiado para conocer a mi familia. El chofer nos espera abajo a las 15:00.
—No necesito… —empecé.
—Necesitas —me interrumpió, caminando hacia el escritorio—. Y no discutas. El tiempo apremia.
Asentí, porque pelear no tenía sentido. Salí de su oficina con las piernas un poco flojas. El resto de la hora lo pasé fingiendo trabajar, pero mi mente estaba en otra parte: ¿qué tipo de vestido? ¿Para impresionar a su familia? ¿Algo elegante, conservador, o algo que gritara "soy digna de Blackwood"?
A las 15:00 bajamos en el ascensor privado. Silencio denso. Él no habló; yo tampoco. Afuera, el Bentley negro esperaba. Subimos atrás. El chofer arrancó hacia el distrito de lujo.
Llegamos a una boutique con fachada de vidrio oscuro. Cuando entramos, una estilista elegante de unos cincuenta años que nos recibió con una sonrisa profesional.
—Señor Blackwood —dijo, inclinando la cabeza—. Es un placer. Tenemos todo preparado en el salón privado.
Sebastián asintió y me guió al fondo. El salón era enorme.
—Siéntate —me dijo, señalando el sofá—. Marie te ayudará.
Marie, la estilista, se acercó con cinta métrica.
—Permítame tomar sus medidas, señorita Collins. Queremos que el vestido caiga perfecto.
Me puse de pie, incómoda. Sebastián se sentó en una silla cercana, cruzando las piernas, observándome con esa intensidad que me ponía los nervios de punta. Marie midió mi cintura, caderas, busto, murmurando números. Yo intentaba no mirarlo, pero sentía su mirada como una caricia.
El desfile empezó. Primero un vestido negro de terciopelo con escote corazón y falda fluida. Me lo puse en el probador y salí. Me miré: elegante, pero seguro. Demasiado seguro.
Sebastián negó con la cabeza. —No. Demasiado conservador. Mi familia espera algo más… impactante.
El siguiente fue burdeos, corte sirena con abertura alta en la pierna. Me sentía expuesta. Salí, y vi cómo sus ojos se oscurecían. Se inclinó adelante, codos en las rodillas.
—Gírate —ordenó suavemente.
Lo hice. El vestido se adhería a mis curvas. Sentí calor subir por mi cuello.
—Mejor —dijo, voz ronca—. Pero no. Algo más sofisticado.
El tercero fue esmeralda profundo, mangas largas de encaje transparente, escote en V provocador sin ser vulgar. La tela caía en ondas suaves hasta el suelo. Salí, Marie ajustó el dobladillo.
Sebastián se levantó. Caminó hacia mí lento, como un depredador. Se detuvo a un paso, tan cerca que olía su colonia.
—Mírame —dijo bajo.
Levanté la vista. Sus ojos grises bajaron por mi cuello, escote, curvas. Tragué saliva.
—Este —murmuró—. Este es el que llevarás esta noche.
Marie sonrió. —Excelente elección. Con tacones altos y joyas minimalistas, será inolvidable.
Él no apartó la mirada. —Añade los accesorios. Lo pagamos ahora.
Mientras Marie preparaba la bolsa, Sebastián se acercó más. Su mano rozó mi brazo desnudo, subiendo hasta el hombro. Toque ligero, eléctrico.
—Para la cena —dijo, voz baja—. Tienes que verte como si pertenecieras. Como si fueras mía de verdad.
No respondí. Solo sentí el pulso acelerado.
Pagó sin pestañear. Salimos con la bolsa. En el coche de vuelta, silencio denso, cargado.
Solo miré por la ventana, corazón martilleando. Esa cena ya no era un evento. Era el primer paso real en nuestra farsa. Y algo me decía que, con ese vestido, la línea entre fingir y sentir se borraría un poco más.
Llegamos a mi edificio.
—Prepárate para las 19:00 —dijo—. Te recojo aquí. El chofer pasará por tus cosas a las 17:00. Tu mudanza hoy, la cena acelera todo.
Asentí y bajé del auto.
A las 17:00, el chofer llegó por mis maletas. Las vi irse en el Bentley, sabiendo que mi vida vieja se iba con ellas.
A las 19:00, Sebastián llegó puntual. Traje negro, camisa abierta en el primer botón. Su mirada me recorrió: el vestido esmeralda, maquillaje sutil, sombra ahumada, labial rojo mate, cabello en ondas suaves.
—Estás… perfecta —dijo ronco.
—Gracias —respondí suave.
Me tendió la mano. La tomé y me guio al coche.
La cena esperaba. Su familia esperaba. Y yo, con el vestido como armadura, me preguntaba si estaba lista para fingir… o para sentir de verdad.







