Capítulo 3: La boda

La mañana del matrimonio amaneció gris y pesada, como si la ciudad misma contuviera el aliento. Me desperté a las 6:15 sin alarma. El cuerpo ya sabía que hoy no había marcha atrás. Me quedé mirando el techo agrietado de mi apartamento, escuchando la respiración tranquila de Sara al otro lado de la pared. No le había contado nada. Ni una palabra.

Me vestí con el vestido blanco sencillo que había elegido la noche anterior: corte recto, manga tres cuartos, escote discreto. Nada de encaje, nada de velo, nada que gritara felicidad. Solo tela limpia y tacones negros que ya tenía. Me miré en el espejo del baño mientras me recogía el pelo en un moño bajo. El anillo de compromiso seguía en el sobre que apretaba en la mano; lo pondría después.

No llamé a mi madre. Lo había intentado cuatro veces la noche anterior. Las cuatro veces colgué antes del primer tono. No encontré las palabras para que no sonara sucio.

El mensaje de Sebastián llegó a las 7:38 a.m., seco y sin saludo, como siempre.

Sebastián Blackwood: 

Juzgado Central. Entrada lateral. 10:00 en punto. Viste apropiado.

Respondí solo: 

Entendido.

Llegué a las 9:40. Entrada lateral, pasillo estrecho, guardia que me miró el reloj y me dejó pasar. Dentro olía a papel viejo y café rancio. Sebastián ya estaba allí, traje negro impecable, manos en los bolsillos, expresión de quien cierra un trámite más. No sonrió. No se acercó. Solo levantó la barbilla cuando me vio.

—Llegas a tiempo —dijo.

El abogado esperaba con una carpeta en la mano, me la tendió y me hizo leerla, era básicamente un contrato de separación de bienes, el cual firmé sin problema.

Entramos a la sala pequeña. Mesa rectangular. Cuatro sillas. Retrato oficial en la pared. La juez era una mujer de unos cincuenta años, voz monótona, mirada que decía “esto es rutina”. Habían dos testigos: una mujer del registro civil y un empleado del juzgado que parecía aburrido de la vida. Nadie más.

Nos sentamos uno al lado del otro, sin tocarnos.

Leyó los artículos del código civil a toda velocidad: consentimiento, capacidad, ausencia de impedimentos. Todo sonaba a formulario.

Luego miró a Sebastián.

—¿Sebastián Blackwood, acepta contraer matrimonio con Chloe Collins, en los términos establecidos por la ley?

—Sí, acepto —respondió él sin dudar, voz plana.

Luego me miró a mí.

—¿Chloe Collins, acepta contraer matrimonio con Sebastián Blackwood, en los términos establecidos por la ley?

El nudo en mi garganta era tan grande que pensé que no podría hablar. Pensé en mi padre respirando con dificultad. En mi madre contando monedas para la luz. En el millón al final del año. En el silencio que había elegido mantener con ellos.

—Sí —dije al fin—. Acepto.

La juez asintió.

—Los testigos pueden firmar.

Firmaron. Nosotros firmamos. Mi letra salió temblorosa al principio, pero la terminé recta. Sebastián firmó con trazo afilado, sin pausa.

La juez estampó el sello.

—Quedan unidos en matrimonio civil. Felicidades.

Sebastián se levantó y se giró hacia mí con una lentitud deliberada. Sus ojos grises me recorrieron en un segundo: el vestido blanco sencillo, el moño bajo, la expresión que intentaba mantener neutral. Antes de que pudiera reaccionar, su mano subió a mi nuca, firme pero controlada, y me atrajo hacia él.

Me besó.

No fue un roce protocolar ni un gesto frío para la foto. Fue profundo, posesivo, como si hubiera estado conteniéndose todo este tiempo. Sus labios se sellaron contra los míos con urgencia contenida, su boca exigiendo respuesta. La otra mano se posó en mi cintura, apretándome contra su cuerpo lo justo para que sintiera el calor que emanaba a través de su traje. Mi respiración se entrecortó. Mis manos subieron instintivamente a su pecho, aferrándome a las solapas para no perder el equilibrio. Su lengua rozó la mía en una caricia lenta y ardiente que me hizo temblar entera.

Duró solo unos segundos eternos. Suficientes para que el mundo se redujera a su boca reclamándome, a su mano en mi nuca manteniéndome en su lugar, a su olor a madera y especias invadiéndome por completo.

Cuando se apartó, apenas un centímetro, nuestros alientos se mezclaron, calientes y agitados. Sus ojos estaban oscurecidos, la mandíbula tensa por algo que ya no era solo control.

—Felicidades de nuevo —dijo, y se levantó para recoger sus papeles.

Sebastián retrocedió un paso. El frío regresó al espacio entre nosotros como si nunca hubiera desaparecido. Me tendió el brazo con gesto formal.

—Vamos.

Salimos de la sala. El abogado me entregó mi copia del acta.

—Felicidades, señora Blackwood.

El título me golpeó otra vez, pero ahora con el sabor de su beso todavía quemándome la boca.

En el pasillo, Sebastián caminó a mi lado sin tocarme más.

—Al coche —dijo sin girarse.

Subimos al Bentley. El chofer arrancó.

Silencio durante diez minutos eternos.

Finalmente hablé.

—¿Y ahora?

Me miró de reojo.

—Ahora nada cambia de inmediato. Sigues yendo a tu apartamento. Mantienes la rutina en la oficina. Nadie debe sospechar todavía.

Asentí

—El contrato especifica residencia compartida cuando sea necesario para mantener apariencias. Pronto tendrás que mudarte al penthouse. Pero no hoy. Lo prepararemos con tiempo. Hay que elegir el momento adecuado: después de que te presente públicamente, cuando los rumores empiecen o la prensa husmee. Si te mudas de golpe ahora, cualquiera que te conozca va a hacer preguntas. Y no queremos preguntas.

Asentí lentamente. Alivio mezclado con ansiedad. Al menos tenía unos días para procesar. Para respirar.

—Regresa a tu apartamento esta noche —continuó—. El lunes vuelves a la oficina como siempre. Café a las 7:00. Agenda revisada. Nada cambia en eso. Cuando llegue el momento de mudarte, te aviso. Tendrás tiempo para empacar lo esencial.

El coche se detuvo frente a mi edificio. No se bajó a abrirme la puerta.

—Nos vemos el lunes —dijo sin mirarme.

Bajé. El Bentley se alejó entre el tráfico.

Me quedé en la acera, con el vestido blanco todavía puesto, el acta de matrimonio en la mano y el sabor de su beso quemándome los labios.

Subí a mi apartamento. Sara no estaba. Me quité los tacones, me senté en el sofá y saqué la tableta gráfica que llevaba meses sin tocar.

Abrí un lienzo nuevo. Pretendía dibujar algo abstracto, líneas furiosas para sacar la tensión. Pero mis dedos traicionaron. La primera curva fue la línea de una mandíbula. Luego el arco de una ceja. Ojos grises que parecían mirarme desde la pantalla.

Borré todo de un golpe.

—No, Chloe. No.

Volví a intentarlo. Esta vez dibujé a mi padre: su sonrisa cansada, las arrugas que la enfermedad había profundizado. Pero incluso ahí, en el fondo del boceto, apareció una sombra alta con hombros anchos y labios que acababan de reclamar los míos.

Apagué la tableta y me tiré en la cama.

El lunes volvería a la oficina como Chloe Collins, secretaria ejecutiva.

Pero ya era la señora Blackwood.

Y la convivencia, la vida real a su lado, solo era cuestión de tiempo.

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