El resto de la mañana pasó en un borrón de correos, llamadas y correcciones. Cada vez que alguien entraba a la oficina de Sebastián y me veía sentada en mi puesto, la reacción era la misma: una sonrisa aliviada, un “¡menos mal que volviste!” o un “la oficina era un caos sin ti”. Yo respondía con sonrisas corteses y frases hechas: “Ya estoy aquí”, “Todo bajo control”, “Gracias, estoy bien”. Nadie preguntaba por el accidente más allá de un “¿qué te pasó en el cuello?” que contestaba con un “un go