Sebastián pisó el freno con fuerza. El coche se detuvo en seco a unos metros de la rampa del estacionamiento subterráneo. Su mandíbula se tensó tanto que vi cómo los músculos de su cuello se marcaban bajo la piel.
—¿Qué demonios…? —murmuró entre dientes.
Yo me quedé paralizada. Ninguno de los dos entendía nada.
Los periodistas rodearon el coche. Algunos golpeaban los cristales con los nudillos, otros intentaban abrir las puertas. Uno incluso se subió al capó para tomar una foto desde arriba. Se