Entramos en la casa envueltos en un silencio denso, casi tangible. Mi padre estaba en el salón, pero apenas levantó la vista cuando pasamos. Con esa intuición silenciosa que siempre había tenido, apagó la televisión y subió las escaleras sin hacer ninguna pregunta. La casa quedó en una quietud absoluta, solo rota por el crujido suave de la madera bajo nuestros pasos.
Subimos a mi habitación. Cerré la puerta con cuidado y me senté en la cama, cruzando las piernas. Sebastián se quedó de pie un mo