Me quedé mirando mi mano sobre el vientre como si esperara sentir algo. Un latido. Una señal. Cualquier cosa que me dijera que esto era real y no una pesadilla más de las que había tenido las últimas semanas.
Pero solo había silencio. Y el peso frío de las tres pruebas de embarazo alineadas sobre el mármol del lavabo.
Estaba embarazada.
De Sebastián.
De un hombre que me amaba tanto que no podía contarme la verdad, y al que yo amaba tanto que había huido para no romperme del todo delante de él.