Se quedó ahí, mirándome como si yo fuera un cristal a punto de romperse. Y tal vez lo era.
Me sequé las lágrimas con el dorso de la mano, furiosa por haberlas dejado salir. No quería que me viera así. No quería que supiera cuánto poder tenía todavía sobre mí.
—Entonces dime —exigí, con la voz todavía temblorosa—. Dime qué es tan grave que prefieres que me imagine lo peor. Porque te juro, Sebastián, que mi cabeza ya ha construido escenarios peores que cualquier cosa que puedas contarme.
Él cerró