Lucero acomodó con cuidado al pequeño hijo de Alma dentro de la cuna. Lo hizo con movimientos suaves, casi instintivos, como si temiera despertarlo o alterarlo. El niño estaba profundamente dormido, respirando con tranquilidad, ajeno a la tensión que parecía flotar en el ambiente.
Apenas terminó, Diego corrió hacia ella con los brazos abiertos.
—¡Mamita, mamita! ¡Volviste! —exclamó con alegría.
Lucero se inclinó de inmediato para abrazarlo. Lo estrechó con fuerza contra su pecho, cerrando los o