Gabriel la miró con duda, sus ojos recorriendo la sala de hospital como si buscara una señal que le confirmara lo que su corazón ya sospechaba. Su mirada se detuvo en los cuneros, donde una diminuta criatura descansaba envuelta en una manta rosa.
La bebé era tan pequeña, tan perfecta, que parecía frágil, hecha de cristal y luz.
Sin poder explicarlo, Gabriel sintió una ternura desconocida nacer dentro de él, un calor que le subió al pecho y lo dejó sin palabras.
—¡Qué hermosa bebé! —exclamó, cas