Gabriel condujo por la carretera estrecha y serpenteante que llevaba a la cabaña. El silencio en el coche era pesado, interrumpido solo por el zumbido del motor y el crujir de los neumáticos sobre la grava. Lucero estaba a su lado, con las manos apoyadas sobre sus piernas, los dedos entrelazados nerviosamente, y el corazón latiéndole a un ritmo frenético.
Cada sombra que cruzaba por la ventana parecía reflejar la confusión y el torbellino de emociones que sentía; la mezcla de miedo, deseo, resen