GRACIAS
La luz aún me ciega un poco. La voz del médico flota en el aire, suave, casi reconfortante. Pero una sola pregunta me quema los labios, se impone a mí como una necesidad vital. Mi mano se desliza instintivamente sobre mi abdomen doloroso, como si intentara encontrar un latido, una presencia.
— ¿Y… mi bebé? susurro. ¿Cómo… cómo está mi bebé?
Cae un silencio. No el de la pudor o el respeto, sino un vacío pesado, brutal, que me engulle antes de que me respondan.
El médico duda, su mirada s