INÈS
La sala aún vibra con los aplausos, pero dentro de mí, todo suena hueco. Un vacío pesado, como una habitación cerrada donde falta el aire. El champán burbujea en mi copa, pero ya no tengo ganas de beber. Las risas estallan a mi alrededor, estridentes, agresivas, como cuchillos sobre vidrio. Las miradas brillan, reflejando los candelabros dorados suspendidos del techo… excepto la mía.
Mi sonrisa está ahí, sin embargo, congelada, impecable, como pintada con tinta indeleble. Mis labios son rojos, perfectamente delineados, pero siento la tensión en mi mandíbula, bajo el polvo, hasta en las sienes.
Ella.
Ella, con su vestido fluido, esa materia que capta la luz con cada paso, como si hubiera sido diseñada solo para ella. Ella, cuyo porte se ha convertido en el de una reina serena. Ella, que siempre ha tenido esos grandes ojos llenos de sueños ingenuos… y que, ahora, ya no sueña. Ella toma. Ella guarda. Se impone sin necesidad de alzar la voz.
Trago. El ácido me sube por la garganta,