INÉS
Fijo la mirada en la escalera por donde han desaparecido, esa curva elegante iluminada con dorados, y tengo ganas de gritar. De volcar las mesas, de arrancar esas malditas guirnaldas luminosas que visten la sala como si se burlaran de mí. Pero sigo sonriendo, siempre, porque es lo que se espera de mí. Sonreír. Brillar. Parecer.
Los aplausos han cesado, reemplazados por la música, ligera, dulce, exasperante. Las conversaciones se reanudan, animadas, llenas de admiración por ellos. Por ella.