INÉS
Fijo la mirada en la escalera por donde han desaparecido, esa curva elegante iluminada con dorados, y tengo ganas de gritar. De volcar las mesas, de arrancar esas malditas guirnaldas luminosas que visten la sala como si se burlaran de mí. Pero sigo sonriendo, siempre, porque es lo que se espera de mí. Sonreír. Brillar. Parecer.
Los aplausos han cesado, reemplazados por la música, ligera, dulce, exasperante. Las conversaciones se reanudan, animadas, llenas de admiración por ellos. Por ella. Las miradas brillan, reflejando los candelabros colgados del techo, mientras yo me ahogo en este lujo que se ha vuelto opresivo.
Vacío mi vaso de un trago seco. El alcohol me quema la garganta, sube a mi cabeza, más amargo de lo que debería. Siento a Marius a mi lado, inmóvil, rígido, silencioso. Ni siquiera me roza, como si mi presencia le fuera ajena.
Giro ligeramente el rostro hacia él. Y veo.
No mira la sala. No me mira. Ni siquiera su vaso.
Mira ese vacío donde ella ya no está.
Podría qued