Las palabras de Sir William cayeron como una bomba en la mesa, dejando a todos en completo silencio por un momento. El peso de su amenaza era muy evidente, y la mirada furiosa de Hades no tardó en responder.
Hades, cuyo control hasta ese momento había sido impecable, sintió cómo una ola de ira recorría su cuerpo. No podía permitir que nadie, mucho menos el padre de Elena, decidiera sobre la vida de ella y de su hijo sin tener en cuenta sus propios deseos. Sin pensarlo, se levantó de su silla co