Hades estaba sentado junto a la cama de Elena, sosteniendo su mano con firmeza mientras las contracciones la sacudían. Su frente estaba perlada de sudor y sus labios apretados en un gesto de dolor, pero aún así, intentaba mantenerse firme.
—Respira, amor —susurra Hades, inclinándose para besar su frente con ternura—. Yo estoy aquí.
Elena le lanzó una mirada entre exasperada y afectuosa.
—¡No necesito que me digas que respire, Hades! —espetó entre jadeos—. ¡Estoy respirando y duele como el infie