Ivette Russell
Mi vida se había reducido a una absoluta mierda y no tenía el derecho de lamentarme por ello.
Tomé los jirones de mi ropa, apretándolas en un fuerte puño, mientras sollozaba por mi desgracia.
—Ivette.
—Déjame en paz —espeté, rehuyendo a su tacto.
—¿Estás bien? —preguntó, pese a mi mala actitud.
—¿Eso a ti qué te importa? —escupí—. ¿O es que acaso no te cansas de ser un hipócrita?
—Te equivocas. —Suspiró—. Si piensas que me alegra ver cómo él se convierte en alguien que no es… no