René Chapman
Un penetrante dolor de cabeza me hizo abrir los ojos de repente, sintiendo un mareo inminente.
—Mierda —mascullé, llevando una mano a mi cabeza, divisando mi pálida piel.
—Buenos días.
Saludó mi amigo, quien estaba tumbado en el suelo a sólo un par de metros de mí.
—¿Qué me pasó? —pregunté, refiriéndome a la gaza en mi brazo.
—Tuviste un enfrentamiento en el hotel, ¿O ya no lo recuerdas?
Ah, eso.
—Claro que lo recuerdo —me defendí, terminando de incorporarme—. Lo que quiero saber e