Ivette Russell
Una vez en casa me encargué de cuidar de mi esposo.
A pesar de haber insistido tantos en qué sólo se trataba de simple golpe, la verdad es que la cosa no figuraba nada bien. Tenía unas cuantas puntadas —seis, para ser más exactos—, en la frente, las cuales, me temo, dejarán una notable cicatriz.
—Auch —se quejó.
—Si no te movieras tanto, dolería menos —espeté, pasando sutilmente el algodón con yodo por sobre el área afectada—. Un poco más y estarás listo.
—¿En serio me quedará un