Ivette Russell
Me molesta reconocerlo, pero desde anoche, tengo una gran furia rehirviendo en lo más profundo de mi corazón.
¡¿Cómo ha podido emborracharse así en nuestra noche de bodas?!
Como leona furiosa, caminé arriba y abajo, una y otra vez, del otro lado de la puerta de la habitación donde ese cretino ha pasado la noche.
La puerta se abrió lentamente, sin emitir sonido alguno, dejando ver la cara de mi esposo.
—Buenos días —musitó, en un tono conciliador, mostrándose un tanto culpable.
—¿