La casa quedó en un silencio insoportable tras la partida de Rafael, un silencio que solo fue roto por el sollozo ahogado de Zoe en el piso de arriba. Elizabeth, sin embargo, no lloraba. El odio no conocía las lágrimas; solo conocía la estrategia. Y a ella no le importaba lo que tuviera que hacer, o las veces que tuviera que interferir en la vida de su nieto, pero no dejaría que alguien tan inferior se quedara con él.
Caminó con parsimonia hacia el despacho, el lugar que aun conservaba fotog